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sábado, 16 de octubre de 2010

Una infancia ignorada

Hoy estuve en la consulta del médico para vacunar a mi hija.

La sala, pese a estar amigablemente decorada con juguetes y alimentación para peques, no resultaba muy tranquilizadora para ella. Estaba nerviosilla.. y es que no le gustan nada los pinchazos. A mí tampoco.

Mientras esperábamos ser atendidas, observé unos cuantos pósters colgados en la pared. En ellos aparecían fotografías de bebés de diferentes razas, muy lindos todos.

Un poco más allá, junto a la estantería de las lociones para piojos y elementos de aseo varios (y es que hay que tener mucho cuidado con lo que pillan cuando se juntan con otros niños), encontré algo que, pese a ser habitual, nunca me gustó.  Creo que una consulta médica no es el lugar más apropiado para publicitar la compra-venta de niños. Sé que esta práctica sigue siendo legal en nuestros país y, por tanto, se trata “sólo” de una cuestión ética personal el favorecer  o no su perpetuación. Se venden niños desde los periódicos, en carteles en las calles, en internet... pero me inquieta que el médico de mi hija esté a favor de esta práctica.

Con el objetivo de obtener una fuente extra de ingresos, muchos padres ponen en venta a sus hermosos hijos o los convierten en máquinas reproductivas con las que negociar. Las niñas, desde su primera menstruación,  son dedicadas a la reproducción para beneficio económico de la familia. El mestizaje entre razas no resulta rentable. Por ello, se pacta con otros padres la unión temporal entre sus respectivos hijos, correctamente documentados, para preservar de este modo la pureza del linaje familiar. Las jóvenes adolescentes, que no pueden hacer más que ceder a los deseos de sus progenitores, son utilizadas una y otra vez hasta la edad madura, pagando de esta forma el cariño y la protección que sus padres, orgullosos, creen darles.

Seguía reflexionando sobre esta práctica, tan socialmente aceptada, cuando la enfermera nos avisó de que podíamos pasar a la consulta. Una vez dentro, mientras la chica registraba la temperatura de mi pequeña y le auscultaba su agitado corazón, me fijé en unos botes de cristal que adornaban las estanterías situadas sobre la camilla. En ellos, a la vista de mi niña, a la vista de todos, como algo de lo más normal, se conservaban en formol los diminutos cuerpos de varios fetos no natos, en avanzado estado de desarrollo. Desconocía las causas que llevaron al doctor a extirpar estos bebés del cuerpo de sus madres, pero el hecho de que estuvieran expuestos  allí, como elementos decorativos, me removió la tripas nuevamente.

Temperatura correcta, pulso acelerado pero dentro de lo normal, oídos bien..  Un rápido pinchazo, acompañado de un leve gemido de dolor, y ya podíamos volver a la tranquilidad de nuestro hogar.

Salí de allí preguntándome si este centro médico era el lugar más adecuado para el cuidado de mis hijos. Me pregunto si, realmente, este mundo que les ha tocado vivir es el lugar más adecuado para ellos. Yo no elegí que nacieran... pero me responsabilicé de sus vidas. Los adopté para evitarles una existencia de padecimiento en las calles. No fueron bebés de compra-venta, no son “bebés de pura raza” con los que comerciar. Son sólo  niños callejeros, de ésos que vemos día tras día aplastados sobre el asfalto, de ésos que cruzan la carretera sin mirar, de ésos que buscan alimento entre la basura, de ésos que de vez en cuando mueren víctimas del vandalismo y la crueldad de otros niños: niños de 2 piernas, niños de mi propia especie.

Una madre quiere a sus hijos, los cuida y protege con independencia de su sexo o raza. Mi familia no se limita a mis padres y hermanos genéticos. Mi empatía y solidaridad no quedan restringidas a mi vecindario, la ciudad en la que vivo o el país en el que nací. Tampoco a la especie humana.


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