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jueves, 18 de noviembre de 2010

Sobre la forma "humanitaria" de matar

En 1961 se realizó en Jerusalén un juicio contra Otto Adolf Eichmann, quien fue uno de los principales oficiales nazis encargados de la administración de la 'cuestión judía' durante la Segunda Guerra Mundial. En 1963 se publicó, en las páginas del New Yorker, una primera versión del libro que la filósofa alemana de origen judío Hanna Arendt (1906-1975) escribiera a partir de la información y los sucesos emergidos de aquel juicio.

Considero interesante este fragmento del libro de Hanna Arendt a fin de identificar los precedentes del concepto de "muerte humanitaria". Este término, tan "de moda" actualmente, sigue siendo utilizado por quienes pretenden justificar el injustificable acto de quitar la vida a otro individuo tras considerar que ésta es de "menor calidad" que la propia.

Fuente: "Eichmann en Jerusalén.
Un estudio sobre la banalidad del mal"

Hannah Arendt

Capítulo 6:

La Solución final: matar (fragmentos)


Las primeras cámaras de gas fueron construidas en 1939, para cumplimentar el decreto de Hitler, dictado el 1 de septiembre del mismo año, que decía que "debemos conceder a los enfermos incurables el derecho a una muerte sin dolor" (probablemente éste es el origen "médico" de la muerte por gas, que inspiró al doctor Servatius la sorprendente convicción de que la muerte por gas debía considerarse como un "asunto médico"). La idea contenida en este decreto era, sin embargo, mucho más antigua. Ya en 1935, Hitler había dicho al director general de medicina del Reich, Gerhard Wagner, que "si estallaba la guerra, volvería a poner sobre el tapete la cuestión de la eutanasia, y la impondría, ya que en tiempo de guerra es más fácil hacerlo que en tiempo de paz".

El decreto fue inmediatamente puesto en ejecución, en cuanto hacia referencia a los enfermos mentales. Entre el mes de diciembre de 1939 y el de agosto de 1941, alrededor de cincuenta mil alemanes fueron muertos mediante gas monóxido de carbono, en instituciones en las que las cámaras de la muerte tenían las mismas engañosas apariencias que las de Auschwitz, es decir, parecían duchas y cuartos de baño. El programa fracasó. Era imposible evitar que la población alemana de los alrededores de estas instituciones no desentrañara el secreto de la muerte por gas que en ellas se daba. De todos lados llovieron protestas de gentes que, al parecer, aún no habían llegado a tener una visión puramente "objetiva" de la finalidad de la medicina y de la misión de los médicos. La matanza por gas en el Este -o, dicho sea en el lenguaje de los nazis, la manera "humanitaria" de matar, "a fin de dar al pueblo el derecho a la muerte sin dolor"- comenzó casi el mismo día en que se abandonó tal práctica en Alemania.

Quienes habían trabajado en el programa de eutanasia en Alemania fueron enviados al Este para construir nuevas instalaciones, a fin de exterminar en ellas a pueblos enteros. Quienes tal hicieron procedían de la Cancillería de Hitler o del Departamento de Salud Pública del Reich, y únicamente entonces fueron puestos bajo la autoridad administrativa de Himmler. Ninguna de las diversas "normas idiomáticas", cuidadosamente ingeniadas para engañar y ocultar, tuvo un efecto más decisivo sobre la mentalidad de los asesinos que el primer decreto dictado por Hitler en tiempo de guerra, en el que la palabra "asesinato" fue sustituida por "el derecho a una muerte sin dolor".

Cuando el interrogador de la policía israelí preguntó a Eichmann si no creía que la orden de "evitar sufrimientos innecesarios" era un tanto irónica, habida cuenta de que el destino de sus víctimas no podía ser otro que la muerte, Eichmann ni siquiera comprendió el significado de la pregunta, debido a que en su mente llevaba todavía firmemente anclada la idea de que el pecado imperdonable no era el de matar, sino el de causar dolor innecesario.

En el curso del juicio, Eichmann dio inconfundibles muestras de indignación siempre que los testigos contaron atrocidades y crueldades cometidas por los hombres de las SS -pese a que el tribunal y la mayoría del público no supo interpretar la actitud de Eichmann, debido a que el esfuerzo realizado por éste para conservar el dominio de si mismo los había inducido, erróneamente, a creer que el acusado era un hombre "inconmovible" e indiferente a todo-, y no fue la acusación de haber enviado a millones de seres humanos a la muerte lo que verdaderamente le conmovió, sino la acusación (desechada por el tribunal) contenida en la declaración de un testigo, según la cual Eichmann había matado a palos a un muchacho judío.


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